
¿Por qué Lloran los niños?
Un llanto estridente de los niños produce una situación de gran estrés en padres y abuelos, aumenta la presión sanguínea, eleva el tono muscular y la frecuencia cardiorrespiratoria... Antes de perder la calma, aprende a detectar qué le pasa a tu hijo: si tiene hambre, sueño, cólicos o simplemente quiere hacerte chantaje emocional. Lo sabrás con un poco de intuición y también por el tono y la intensidad de sus lloros.
Generalmente, las madres identifican con facilidad las formas de llanto de sus pequeños, aunque el niño aprende con rapidez y amplía su repertorio de llantos a la vez que sus emociones ganan en intensidad y variedad, lo que complica las cosas. Además, cada niño es diferente e, indiscutiblemente, unos lloran más que otros. Aparte de proporcionarnos información sobre el estado de ánimo, las lágrimas pueden ser un buen indicador de la existencia de alguna alteración neurológica, de determinados dolores o trastornos orgánicos e, incluso, del grado de desarrollo infantil.
Un llanto muy frecuente entre los lactantes es el provocado por la falta de maduración del sistema digestivo. La "queja del cólico del lactante", por ejemplo, tiene signos muy característicos: un berrinche desgarrador, inconsolable e inexplicable, que suele aparecer al atardecer. Por otro lado, enfermedades graves del sistema nervioso como ciertas encefalitis o la meningitis bacteriana también suelen presentar un exceso de llanto, agudo y muy alterado. En el extremo contrario, la ausencia de lágrimas y gimoteos puede indicar la incapacidad del sistema nervioso para procesar los estímulos que el niño recibe, lo que es un claro signo de un retraso psíquico o de posibles trastornos neurológicos.
El recién nacido, en sus tres o cuatro primeras semanas de vida, llora por término medio entre treinta y noventa minutos al día.
Entre las seis u ocho semanas, se producen muchos más berrinches: unas dos o dos horas y media por jornada, aunque hay días en que puede explayarse el doble de tiempo.
Hacia los tres meses, el bebé reduce de nuevo su tiempo de llanto y llora sólo una hora o menos.
Cuando cumple los cuatro meses, cada vez que gimotea, busca una respuesta concreta en sus padres y ya es capaz de modular la intensidad a su antojo.
Hacia los ocho o nueve meses, el niño tiene capacidad para expresar sus sentimientos: llora cuando está cansado o intimidado por extraños y también cuando se separa de su madre.
Guando aprende a hablar, utiliza el llanto para llamar la atención de sus cuidadores y presionarlos psicológicamente si quiere conseguir algo que se le niega. Los lloros entonces, son una forma de chantaje emocional en la que no se debería caer.
Tipos de lloriqueos
Si es desconsolado y enérgico, suele indicar hambre o frustración.
Cuando es intermitente y con gimoteos monótonos, es sinónimo de cansancio o de que hay algo que le incomoda.
Si arranca con energía, aunque pierda volumen poco a poco, pero se mantiene constante, puede señalar que el pequeño tiene molestias intestinales.
Cuando es intenso y continuado, indica que el niño necesita comunicación. Aunque con el paso del tiempo, el pequeño puede llorar simplemente para desestabilizar el entorno, llamar la atención de sus padres o cuidadores u obtener algo que se le ha antojado.
Nacemos llorando. El primer llanto es garantía de supervivencia, ya que activa el sistema respiratorio del recién nacido y actúa como acicate para su desarrollo físico y psíquico. Llorar es la forma de expresión más primaria del ser humano y el indicador más prematuro de malestar, estado de salud y satisfacción con el que cuentan los bebés para comunicarse. De hecho, el llanto infantil aporta gran información a los padres: si el pequeño está feliz o a disgusto, la manera en que éste es capaz de adaptarse a los cambios y si realmente estamos satisfaciendo o no sus necesidades de hambre, sueño y cariño.
Cuando sólo tiene el llanto para comunicarse con el entorno (todavía no habla), el bebé aprende a usarlo para un montón de cosas distintas: proclamar su estado de ánimo, sus sentimientos y sus necesidades más primarias. La labor de los cuidadores es averiguar qué quiere decir exactamente con esas lágrimas: si tiene hambre, se siente incómodo porque tiene el pañal sucio, sufre alguna molestia, está aburrido o cansado. Aunque no hay que olvidar que muchos bebés protestan con un berrinche cuando les sobreexcitamos con luces, besos, abrazos y voces.
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CÓMO ENSEÑAR AL NIÑO A RELAJARSE.
Los adultos tienen la tendencia a recordar la infancia como una época de despreocupación, sin responsabilidades, urgencias, o problemas. Sin embargo, los niños de hoy sufren presiones tremendas procedentes de muchas fuentes. Se les presiona para que aprendan cosas como leer y sumar, incluso antes de entrar en la escuela primaria. Saben que se espera de ellos que terminen la enseñanza media y que cursen estudios universitarios. Muchas veces tienen que soportar las tensiones que se crean a causa del divorcio, de los educadores separados, de educadores que trabajan, de la persona que cuida de ellos durante el día. o de las horas que pasan solos en centros de educación infantil, guardería o casa. Los peligros de una guerra nuclear, los raptos, asesinatos y robos, son cosas que les quedan grabadas por influencia de los educadores o de los medios de comunicación.
Las tensiones en el mundo de un niño pueden manifestarse por medio de síntomas tísicos como el insomnio, dolores de cabeza, enuresis, o molestias de estómago. O bien tienen manifestaciones emocionales -enfado, represión, miedo-que pueden interpretarse como un problema educativo. No es posible que los educadores lleguen a aliviar todas las frustraciones del niño, pero sí lo es aprender técnicas de control de estrés que ayudarán tanto a los educadores como a los niños a afrontar las tensiones.
En las prácticas que se realizan con educadores y niños, se enseñan formas de relajación. Sabemos por experiencia personal y profesional que la educación para disminuir el estrés cambia la vida de educadores y niños. Es necesaria bastante práctica para aprender estas técnicas, así que hará falta tiempo y perseverancia. Merecerá la pena.
RECONOZCA LAS REACCIONES DEL ESTRÉS.
La siguiente lista puede ser útil para identificar algunas manifestaciones fisiológicas y de comportamiento producidas por el estrés. Hay que tener en cuenta que estos mismos síntomas podrían ser también consecuencia de problemas médicos, de modo que, antes de asumir que un síntoma persistente es psicológico se debe consultar al médico. El niño también los utiliza algunas veces como un medio de llamar la atención o evitar ciertas tareas.
Lista de signos de estrés
1. dolores de cabeza
2. dolores de estómago, indigestión, gases, úlceras
3. náuseas, vómitos
4. hiperventilación (incluye respiración rápida, falta de aliento, mareos, hormigueo)
5. taquicardia (palpitaciones rápidas del corazón)
6. manos sudorosas, húmedas oirías
7. hábitos nerviosos (morderse las uñas, arrancarse la piel o el pelo, rechinar los dientes, etc.)
8. insomnio y otros problemas del sueño miedos y angustias
9. timidez e insociabilidad explosiones de genio
10. hipersensibilidad a la crítica o a las burlas poca tolerancia a la frustración
11. falta de concentración a causa de la ansiedad
Ayude al niño a reconocer y a comprender las reacciones de estrés
Cuando se ha llegado a la conclusión de que el síntoma o la conducta del niño está provocada por la tensión, el paso siguiente es ayudarle a definir sus sentimientos y averiguar por qué ocurren. Los autores de esta obra conocen el caso de una niña cuyo pediatra no podía encontrar una causa médica para sus dolores de estómago y vómitos matutinos, antes de ir al colegio. Con la ayuda de sus educadores, empezó a reconocer que su ansiedad se debía a la falta de aceptación por parte de los demás niños de la nueva clase y comprendió la causa de sus dolores de estómago. Sus educadores aprendieron a escuchar sus problemas y a hablar de sus miedos; la animaron para que invitara a algunos compañeros de clase a casa para jugar; y le enseñaron cómo relajarse. Pronto disminuyeron sus síntomas físicos, así como el estrés.
A veces a los educadores les resulta difícil comprender los mecanismos de la tensión. Al principio, Sandra estaba ansiosa por ser aceptada por otros niños. Cuando empezaron los dolores de estómago y los vómitos, la niña pensó que estos síntomas serían molestos en el colegio y ese miedo creó un círculo vicioso. Si percibe que un niño tiene una reacción que usted considera causada por la tensión, explíquele cómo se produce el estrés.
Cómo escuchar y hablar con el niño
El mantener las líneas de comunicación abiertas entre educadores y niños es extremadamente importante para una buena relación. Queremos que nuestros niños compartan sus pensamientos y sentimientos para poder comprenderles y ayudarles en las crisis de la vida. Queremos que se expresen apropiadamente en lugar de manifestar sus sentimientos de forma destructiva. Y queremos que nos escuchen y oigan lo que se les dice.
Los niños no nacen sabiendo cómo expresar sus pensamientos y sentimientos apropiadamente. Ni tampoco están automáticamente preparados para escuchar lo que los educadores les dicen y seguir sus directrices. Hay que enseñarles a expresarse y a escuchar a los demás. A menudo los educadores también necesitan mejorar sus habilidades comunicativas.
Cómo hablar al niño
Si los niños se hacen los sordos continuamente cuando se les pide algo no es porque sean sordos. Se trata de una tendencia a desconectar hasta que el volumen de la voz del educador llega a un punto crítico determinado en el que el niño sabe que la cosa se está poniendo seria.
Para acabar con este problema se requieren dos ingredientes esenciales: los educadores tienen que decir lo que piensan y pensar lo que dicen. Es decir deben elegir sus palabras con cuidado y después apoyarlas con acciones justas, consecuentes y con sentido. El niño aprenderá rápidamente a escuchar la primera vez que se le pida algo. Para lograr esto es preciso:
1. Establecer un contacto visual.
Asegurarse de que el niño les mira cuando le están hablando.
2. Hablar con voz sosegada y firme.
Evitar hablar siempre con voz severa y tono elevado al pedirle algo, pues aprenderán a desconectar hasta que la voz de los educadores alcance el volumen máximo.
3. Evitar utilizar preguntas en lugar de afirmaciones.
Utilizar afirmaciones definitivas que le indiquen exactamente lo que tiene que hacer, cuándo, donde y cómo.
4. Utilizar frases sencillas.
Las instrucciones largas pueden hacer que el niño pierda interés o se olvide de lo que se le dijo al principio.
5. Decir al niño lo que se piensa.
Los educadores deben explicar a los niños los sentimientos que producen sus acciones o actitudes en vez de criticarles abiertamente.
Carlos Pajuelo Morán
LA DISCIPLINA
Los niños no siempre hacen lo que los educadores (padres, maestros) quieren. Cuando el niño se comporta mal, el educador tiene que decidir cómo va a responder. Todos los niños necesitan reglas y expectativas para ayudarles a aprender el comportamiento apropiado. ¿Cómo le enseñan los educadores a un niño las reglas y qué deben de hacer cuando las reglas se rompen?
Los educadores deben de comenzar hablando entre sí acerca de cómo ellos quieren manejar la disciplina y establecer las reglas. Es importante que se vea la disciplina como enseñanza y no como castigo. El aprender a seguir las reglas mantiene al niño seguro y le ayuda a aprender la diferencia entre lo que es correcto o incorrecto.
Una vez que se establecen las reglas, los educadores deben de explicarle al niño las consecuencias de romper las reglas. Por ejemplo: Estas son las reglas, si tú sigues las reglas esto es lo que sucede y si tú rompes las reglas, esto es lo que sucede. Los educadores y los niños deben de decidir juntos cuáles van a ser los premios y las consecuencias. Los educadores siempre deben de reconocer y ofrecer refuerzo positivo y apoyo cuando el niño sigue las reglas. Los educadores tienen también que aplicar la consecuencia apropiada cuando el niño rompe una regla. La consistencia y el ser predecible son las bases de la disciplina y el halago es el mayor refuerzo para el aprendizaje.
Los niños aprenden con la experiencia. Tener consecuencias lógicas para el mal comportamiento ayuda a que ellos aprendan a ser responsables de sus acciones sin afectar su autoestima. Si los niños se pelean por la televisión, la computadora o un juego de vídeo, apágueselo. Si un niño tira la leche en la mesa de comer mientras está jugando con ella, haga que el niño la limpie. Un adolescente que se acuesta muy tarde puede sufrir las consecuencias naturales de estar cansado al día siguiente. Otro tipo de consecuencia que puede ser efectiva es la suspensión o dilación de un privilegio. Si el niño rompe la regla acerca de dónde puede ir en su bicicleta, quítele la bicicleta por unos días. Cuando un niño no hace sus tareas, a él o ella no se le permite hacer algo especial, como quedarse la noche con un amigo o alquilar un vídeo.
Carlos Pajuelo Morán
Como elogiar
"Consideramos que este apartado es uno de los más interesantes de las técnicas que tenemos que emplear con los niños".
Es fácil para los educadores centrar su atención en lo que los niños hacen mal y no darse cuenta de lo que hacen bien.
Los educadores están tan ocupados educando y cuidando de los niños que es fácil pensar que la buena conducta está garantizada. Cuando todo va mal les es fácil sacar a relucir otras diez fechorías. Caen en el error de criticar y todos acaban sintiéndose mal.
La crítica constante combinada con pocos elogios da otros resultados. El niño requiere la atención del educador y la conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es negativo, entonces el niño usará medios negativos para llegar a sus educadores. Si éstos se concentran en los hechos positivos, se conseguirá una mejor conducta como respuesta, porque de este modo el niño obtendrá más atención.
Si no se está acostumbrado a elogiar al niño, puede resultar difícil al principio y en un día que ya es agitado, puede parecer otra cosa más que recordar. Pero cuanto más se aplique, más natural y fácil será. Enseguida se comprobará que los elogios son una influencia tan poderosa que sólo con unos pocos se puede lograr una nueva conducta y con un poco menos se mantendrá el cambio.
A veces los educadores temen que los niños se acostumbren a depender de los elogios. Es posible que los elogios indiscriminados provoquen problemas con un niño inseguro o que siempre haya sido el centro de atención. Pero se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben bastantes elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los elogios pueden hacer milagros. Si se usan estas directrices al aplicarlos, se comprobará muy pronto que el elogio es una técnica de disciplina notoriamente eficaz.
Elogiar adecuadamente
Para suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser adecuado. Abrazos, besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco más mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es mejor mantener una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales. Un guiño o levantar el pulgar le indicará, sin llamar la atención excesivamente, que se ha notado su comportamiento. Más tarde, hay que manifestarle lo bien que lo ha hecho.
Muchos niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que elogios directos. Decir: «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has hecho la cama realmente bien y has limpiado maravillosamente».
Si el niño parece no dar importancia a los comentarios de sus educadores, pero más adelante repite el buen comportamiento, está usted comprobando que esta forma de elogiar es eficaz.
Hay que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas buenas si se tienen demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez perderán su efecto. Hay que ser creativo. También puede serlo que el niño oiga que se le elogia delante de un amigo.
Para realzarlo más, se pueden acompañar los elogios de un premio, sólo de vez en cuando.
Elogiar inmediatamente
Los elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños cuando se producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el comportamiento positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños más mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior.
El espacio entre la acción de un niño y la respuesta del educador se puede llenar con un gesto si es necesario, todo ello se puede anotar en una libreta y si el niño es grande se le puede enseñar de vez en cuando.
Carlos Pajuelo Morán